Las Olvidadas del cine mexicano
Melissa Hernández Navarro
<< EXT. CIELO. DIA.
El cielo, sombrío y amenazador.
En el cielo se eleva el lúgubre hongo atómico.
Las nubes que coronan el hongo se disipan lentamente.
Una silueta imprecisa aparece sobre las nubes.
Esta silueta, que reposa sobre la cima del hongo, se aproxima a nosotros. Se aproxima a nosotros. Podemos reconocer a Cristo, con la mano derecha levantada, inmóvil.
Se aproxima poco a poco, rodeado de nubes cada vez más sombrías.
Sus ojos no son más que órbitas vacías. >>
El fragmento de la escena anterior pertenece al final de Agón, último guión (no llevado a la pantalla) que escribió el cineasta español Luis Buñuel. La obra de autores como Buñuel, se ha considerado pieza fundamental de esa “otra cara” del cine mexicano. ¿Género? atemporal, absurdo, extravagante e innovador; cintas en las cuales las imágenes rompen con lo convencional e invitan al espectador a salirse de la realidad para adentrarse en un mundo sarcástico, onírico y extraviado en paradojas.
El Cine de Ruptura, nombre que le concede Rafael Aviña (investigador y reconocido crítico de cine) a estos fragmentos de celuloide intimista y reflexivo, se originó cuando, en 1919, el cineasta mexicano Enrique Rosas introdujo en su filme de ficción, El automóvil Gris, escenas verdaderas sobre el fusilamiento de una banda que asoló la Ciudad de México. Rosas no sólo combinó el estilo realista y documental (parecido a lo que posteriormente, en las décadas de los cuarentas y cincuentas, sería el neorrealismo italiano), sino forjaba los cimientos de un cine que, según Aviña, rompe con el status quo de las escenas convencionales, tanto en su temática como en sus propuestas visuales; un cine que se abre al espectador para hacerlo partícipe de un juego interactivo de imágenes e historias, en ocasiones intelectual, frenético, y en otras tantas, demencial.
Sólo escasos realizadores y filmes han logrado atravesar el sinuoso túnel de lo experimental y lo desconocido: el de una propuesta visual que captura ese otro ángulo de la cotidianeidad impregnada en cada historia que forma parte de nuestra identidad mexicana. Filmada en cabarets auténticos y con verdaderas mujeres del oficio, tenemos La mancha de Sangre (1937), de Adolfo Best Maugard, película que logró retratar la vida y la verdadera intimidad que se asoma en el rostro de la prostituta de los años treinta.
Poco más de una década después, Los Olvidados (1950) de Buñuel, aborda el tema de un grupo de muchachos marginados, por medio de un tratamiento estético y argumental que combina la denuncia social con imágenes simbolistas. En filmes como Juego de mentiras (1967), El día en que murió Pedro Infante (1982) y El Bulto (1992), otros realizadores siguieron esa línea de ruptura, trazando nuevas sendas en el cine independiente nacional.
Hasta morir (1994) de Fernando Sariñana, ¿Quién diablos es Juliette? (1997) de Carlos Marcovich, Bajo California: El límite del tiempo (1998) de Carlos Bolado y Japón (2002), Batalla en el Cielo (2005) y Luz Silenciosa (2007) de Carlos Reygadas, son los ejemplos más recientes de estas películas desconocidas o acaso olvidadas (en el mejor de los casos) por el gran público, agresivas, irreverentes; cintas concebidas en la ensoñación, en el inconsciente, y que, de existir aún, siguen ahí, enlatadas en las estanterías de las cinetecas, escondidas en las gavetas de selectos videoclubes, incapaces de cumplir con su insólito destino.
Melissa Hernández Navarro
<< EXT. CIELO. DIA.
El cielo, sombrío y amenazador.
En el cielo se eleva el lúgubre hongo atómico.
Las nubes que coronan el hongo se disipan lentamente.
Una silueta imprecisa aparece sobre las nubes.
Esta silueta, que reposa sobre la cima del hongo, se aproxima a nosotros. Se aproxima a nosotros. Podemos reconocer a Cristo, con la mano derecha levantada, inmóvil.
Se aproxima poco a poco, rodeado de nubes cada vez más sombrías.
Sus ojos no son más que órbitas vacías. >>
El fragmento de la escena anterior pertenece al final de Agón, último guión (no llevado a la pantalla) que escribió el cineasta español Luis Buñuel. La obra de autores como Buñuel, se ha considerado pieza fundamental de esa “otra cara” del cine mexicano. ¿Género? atemporal, absurdo, extravagante e innovador; cintas en las cuales las imágenes rompen con lo convencional e invitan al espectador a salirse de la realidad para adentrarse en un mundo sarcástico, onírico y extraviado en paradojas.
El Cine de Ruptura, nombre que le concede Rafael Aviña (investigador y reconocido crítico de cine) a estos fragmentos de celuloide intimista y reflexivo, se originó cuando, en 1919, el cineasta mexicano Enrique Rosas introdujo en su filme de ficción, El automóvil Gris, escenas verdaderas sobre el fusilamiento de una banda que asoló la Ciudad de México. Rosas no sólo combinó el estilo realista y documental (parecido a lo que posteriormente, en las décadas de los cuarentas y cincuentas, sería el neorrealismo italiano), sino forjaba los cimientos de un cine que, según Aviña, rompe con el status quo de las escenas convencionales, tanto en su temática como en sus propuestas visuales; un cine que se abre al espectador para hacerlo partícipe de un juego interactivo de imágenes e historias, en ocasiones intelectual, frenético, y en otras tantas, demencial.
Sólo escasos realizadores y filmes han logrado atravesar el sinuoso túnel de lo experimental y lo desconocido: el de una propuesta visual que captura ese otro ángulo de la cotidianeidad impregnada en cada historia que forma parte de nuestra identidad mexicana. Filmada en cabarets auténticos y con verdaderas mujeres del oficio, tenemos La mancha de Sangre (1937), de Adolfo Best Maugard, película que logró retratar la vida y la verdadera intimidad que se asoma en el rostro de la prostituta de los años treinta.
Poco más de una década después, Los Olvidados (1950) de Buñuel, aborda el tema de un grupo de muchachos marginados, por medio de un tratamiento estético y argumental que combina la denuncia social con imágenes simbolistas. En filmes como Juego de mentiras (1967), El día en que murió Pedro Infante (1982) y El Bulto (1992), otros realizadores siguieron esa línea de ruptura, trazando nuevas sendas en el cine independiente nacional.
Hasta morir (1994) de Fernando Sariñana, ¿Quién diablos es Juliette? (1997) de Carlos Marcovich, Bajo California: El límite del tiempo (1998) de Carlos Bolado y Japón (2002), Batalla en el Cielo (2005) y Luz Silenciosa (2007) de Carlos Reygadas, son los ejemplos más recientes de estas películas desconocidas o acaso olvidadas (en el mejor de los casos) por el gran público, agresivas, irreverentes; cintas concebidas en la ensoñación, en el inconsciente, y que, de existir aún, siguen ahí, enlatadas en las estanterías de las cinetecas, escondidas en las gavetas de selectos videoclubes, incapaces de cumplir con su insólito destino.
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