miércoles, 24 de junio de 2009

BORGES: MIRANDO LA OBSCURIDAD QUE VEN LOS CIEGOS

por Irving A. Pérez Lara

I don’t want to achieve immortality through my work.

I want to achieve it through not dying.

Allan Stewart Konigsberg


Se dice que en alguna ocasión, al ir Jorge Luis Borges por la calle, se le acercó un hombre a preguntarle si él era realmente Borges, a lo cual el hombre recibió una respuesta positiva. Entonces, con tono amable, Borges escuchó que el hombre pronunció: «quiero agradecerle algo, Borges». Borges preguntó qué. «Usted me ha hecho conocer a Robert Louis Stevenson».

Como habría de pensarse, no es necesario comprobar la veracidad de dicha anécdota con un rigor histórico; innumerables casos como ese se podrían (y debieron) haber repetido no sólo con Stevenson, sino también con De Quincey, Woolf, Browne, Spiller, Swedenborg, Burton, San Agustín, Eriugena, —y entre las más grandes obviedades— Shakespeare, Dante, Quevedo y muchos otros más.

Podríamos decir que toda la vida de Borges estuvo acompañada —así como la de cualquier persona que se jacte de las lecturas que ha hecho más que de las experiencias vividas— de un gran número de personajes con los que dialogó hasta el momento de su muerte. Estos, no se pueden considerar precisamente como personajes de ficción, sino como personajes de la historia: las míticas sombras de autores como Milton o Cervantes, que siempre estuvieron presentes en su conversación, en su pensamiento, en su obra. Como una persona que desde muy temprana edad se supo destinada para la literatura, nunca pudo librarse de tenerla como eje central de casi todos los aspectos de su vida. Su poesía, y —aún más— su ficción está plagada de interminables referencias a literaturas de casi todos los tiempos conocidos por el hombre; fácilmente se podría pensar que no es otra cosa que el producto de su encubierta pedantería y pretensión intelectual, más no es así. La obra de un hombre no es más que el irremediable reflejo de lo que es.

Así como se supo prefijado —digamos por las estrellas— para las letras y —digamos por la sangre— para la ceguera, nunca pudo escapar de su destino[1]. La literatura —todo aquello a lo que podamos llamar así— ha ofrecido una evasión alterna a la realidad de los hombres desde tiempos inmemorables; ya no pensemos si ese hombre es Jorge Luis Borges. ¿Qué le queda a un hombre en la obscuridad, sino las palabras? No es que Borges haya tenido realmente una vida miserable y sin afecto en lo absoluto; su madre —Leonor— y su hermana —Norah— lo acompañaron y ayudaron a lo largo de su vida. Es comprensible que no se trata exactamente de un escape —una ayuda— al martirio de las actividades cotidianas para un ciego, sino de la pérdida del mundo que se apaga lentamente con el devenir de los años.

Ciego se vio orillado —o más bien, formalmente justificado— a explorar el mundo, tanto moderno como antiguo, exclusivamente a través de las lecturas; vivió parte de su vida en territorios míticos como la India, Grecia, Persia, China o Escandinavia sin tener que moverse en términos concretamente geográficos[2]. Borges, poseedor de una aguda sensibilidad y un vasto repertorio de lecturas, siempre supo encontrar puntos clave para la literatura —ya la vida— no sólo de naturaleza académica sino principalmente estética. Esa dicha inmensa, consuelo para la existencia, que le proporcionaban los libros fue un don que siempre se afanó por compartir.

Ese es uno de los aspectos más entrañables de Borges, su obra de divulgación. Cuando pensamos en obra de divulgación, seguramente nos vienen a la mente nombres como el de Asimov, cuya monstruosa —en clara referencia al tamaño— obra se limita válida y decorosamente a plantear (mostrar) y difundir hechos (información) a las masas que de otra manera les hubiera sido improbable conocer. Las conferencias de Borges no se circunscriben a la mera y escueta divulgación literaria —el término literaria se queda corto, pues los temas abarcados iban más allá de las letras—, son un claro esfuerzo por mostrar aquello que un hombre —y no otra cosa más que un hombre— había encontrado entre los interminables pasajes que recorrió durante su vida. Podemos concebir el Coliseo de Buenos Aires y el ciclo de siete conferencias —el más extenso que llegó a ofrecer— que ahí dio en 1977, ahora compiladas en el volumen Siete noches: “La Comedia”, “La pesadilla”, “Las mil y una noches”, “El budismo”, “La poesía”, “La cábala” y “La ceguera”. Pareciera que los temas no se encuentras más que medianamente conectados entre sí, pero la verdad es que los unos con los otros poseen una cohesión increíble; en todos habla de un mismo tema y ese tema es la ventura y felicidad que él ha encontrado en los libros. Eso, más que cualquier cita obscura o noción metafísica, es lo que a Borges le interesó difundir. Quiso que los de más pudieran ver aquello que él, a pesar de su ceguera, pudo ver: «La ceguera no ha sido para mí una desdicha total, no se la debe ver de un modo patético. Debe verse como un modo de vida: es uno de los estilos de vida del hombre».

Borges siempre imaginó el Paraíso[3] «bajo la especie de una biblioteca», y aquello que él había encontrado ahí, es lo que quiere compartir. Según Marilen Stengel, los dos temas que sobresalen de “El Aleph” (El Aleph, 1949) son: «La infinitud del infinito, presentado en la enumeración de las cosas que Borges ve en el Aleph» y «La idea de que no tiene sentido transmitir una experiencia que no sea compartida». Borges se quedaba nada para sí, o al menos eso intentaba. Él pensaba que las cosas suceden por una razón, y su ceguera era parte del camino que le tocaba recorrer[4], y por eso su tarea era mostrar —no necesariamente a los ciegos como él— las cosas que no se pueden ver con los ojos. Borges recitaba el verso de Shakespeare «Mirando lo obscuridad que ven los ciegos»[5] refutando a la negrura como sinónimo de obscuridad. Hume decía que todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos géneros distintos, a los que llamaba impresiones e ideas; en la conferencia sobre la ceguera Borges dijo que «el mundo de los ciegos no es la noche que la gente supone», existen allí —en la noche— muchos asuntos que sabía eran esenciales incluso para los que nunca los consideraron.

Aquellos muertos con los que dialogaba, los que lo acompañaron toda la vida, deseaba dejarlos como herencia a sus lectores. Se regocijaba al recordar al joven que le agradeció por Steveson, y porque gracias a jóvenes como aquel, Stevenson y muchos otros más muertos seguirían vivos. Como a todos los hombres, a Borges le interesaba no morir, perdurar y unirse a esa legión de muertos que acompañarían a nuevas generaciones; Borges al hablar de los demás, habla de sí; al hablar de sí, habla de todos los hombres. «Yo vivo en ese mundo de colores y quiero contar, ante todo, que si he hablado de mi modesta ceguera personal, lo hice porque no es esa ceguera perfecta en que piensa la gente»

No podríamos decir que fama o inmortalidad (física) eran realmente los anhelos de Borges, sino alcanzar —al menos un poco— ese estatus de perdurabilidad como un bien para la humanidad (considerándola como un puñado de lectores), no mediante el polvo que fue, ni las letras que dictó. La naturaleza de esta condición se escondía en las palabras de los demás, en el recuerdo de la gente a la que sus palabras fueron útiles; una vez dijo en referencia a un poema de Tennyson que «el alma no desea descansar en un Cielo de oro, sino en el trabajo de proseguir y no morirse[6]»





[1] Siempre dijo que Dios, irónicamente, le mandó la ceguera junto con la dirección de la Biblioteca Nacional.

[2] Es curioso leer cómo se empeñaba en refutar el movimiento como Zenón de Elea.

[3] Imposible no pensar en Paradise Lost de Milton, una de sus lecturas esenciales.

[4] «Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y el de la mitología tibetana) es terrorífico por ser irreal, es terrorífico porque es irreversible...» (Otras Inquisiciones, 1952)

[5] «Looking on darkness which the blind do see»

[6] En diálogo: edición definitiva (2005), con Osvaldo Ferrari.

DETERMINISMO GEOGRÁFICO EN LA NOVELA REGIONALISTA HISPANOAMERICANA



La cultura, en sus aspectos históricos, económicos, políticos, sociales y religiosos, nos ayuda a la comprensión de cierto episodio de la literatura hispanoamericana: la novela regionalista.

¿Qué entendemos por esta denominación? Una pregunta breve, concisa y sin embargo problemática. Se ha dicho que la novela regional es, fundamentalmente, aquella que se identifica plenamente por el paisaje[1], en el caso de Hispanoamérica, ésta vuelve los ojos hacia el pasado indígena y hacia su elocuente geografía[2].

Esta cuestión, qué es la novela regionalista, generaliza un fenómeno demasiado complejo como para hacer aseveraciones simples, empero existen los elementos suficientes para explicarlo.

Dentro de los factores mencionados anteriormente, uno de los esenciales en la novela regionalista es el geográfico, así como la importancia del paisaje y la lucha del poder. En la historia de la literatura hispanoamericana, se pretendía igualar los modelos europeos, es hasta la narrativa regionalista que se busca la construcción de una literatura esencialmente hispanoamericana. Por lo tanto, la tierra se volvió uno de los aspectos primordiales en esta narrativa.

En contraste con la idea europea de que el hombre es el que rige a la naturaleza, la novela regionalista propone que es la tierra la que moldea a los hombres que la habitan. El determinismo geográfico establece como una de sus ideas principales que el origen y raíces de un hombre lo acompañan a pesar de que desee modificar su forma de vida; sin importar a dónde dirija sus pasos su papel se seguirá desempeñando de la misma forma.

Como eje central de sus tesis, el determinismo entiende la relación entre las sociedades y su región como fundamental para la configuración de la identidad nacional, pero hasta qué punto lo nacional se encuentra arraigado en los límites geográficos (como lo uruguayo, lo cubano o lo mexicano) y qué tan reprochable puede ser el adjudicarse una patria fuera de estos no es una materia del todo clara.

La tendencia regionalista subraya lo diferente, lo que le es propio a cada pueblo por su singular combinación de elementos repartidos tan azarosamente como el paisaje en que se desenvuelven, es después que se configurará como mejor convenga a los intereses nacionales. Éste segundo momento tiene que ver con aquellos a los que se adjudica la pertenencia a la tierra y aquellos considerados extranjeros.

Soslayado a un contexto onírico, el componente indígena o primitivo muchas veces referido de manera peyorativa en el imaginario de la época (expresiones como: «aquellos aborígenes embrutecidos por sus costumbres arcaicas lo demuestran») es introducido subrepticiamente por medio del sueño o adjudicándosele un carácter mágico. Por ejemplo, en La vorágine, tenemos la presencia de Mapiripana, que equipara su modo de actuar con el de la selva misma: impredecible, encarnación de lo supersticioso y guiando a los hombres a su perdición. Al complicarse la relación entre hombre y tierra, el yugo pesa por sobre los primeros, sin embargo no dejan de sorprender las represalias de la madre tierra para con sus vástagos, influidas no pocas veces por axiomas demasiado humanos.

Cabe resaltar el establecimiento de roles masculinos y femeninos en el papel de la tierra dentro del determinismo geográfico. En las novelas regionales la tierra tiene género femenino, ya que es la madre de los que la habitan, sin embargo, no es madre en el sentido tradicional del término. Cariñosa, sumisa, protectora, características maternales que esta madre tierra americana no posee. Es cierto que los hombres dependen de la tierra, pero más que nutrirse de ella (función maternal: amamantar), la tierra ejerce gran dominio sobre ellos.

En la novela regional el poder está en las manos de los hombres y el sistema de dominación es patriarcal, sin embargo, al ser la tierra la que determina el comportamiento de los habitantes, es ella la primera figura de poder, por lo que el sistema primigenio en estas novelas es el matriarcado, la madre tierra es la que reina.

La imagen femenina y maternal que se le atribuye a la tierra es la idea de la fuerza, el poder y el control. Para conseguir estos objetivos la tierra es capaz de ser violenta y salvaje, además de que no hace sentir a los hombres seguros ni a salvo como suelen hacer las madres, no es una madre que perdone, sino que castiga; en este sentido, la tierra madre aquí tiende al rol masculino del padre. Para sintetizar esta idea baste la frase de Lorenzo Barquero «¡Esta tierra no perdona!»[3].

Dentro de la cosmogonía mesoamericana, la tierra ha jugado un papel de madre proveedora; los hombres del maíz vienen, se alimentan de la tierra; pensemos en el México prehispánico, cuya actividad primordial fue la agricultura, la provisión directa de la madre. En el momento de transportar esta idea a la llanura sudamericana, parece que la madre, esta vez dura y hostil se niega a mantener a los hombres bajo su protección total, dándoles todo lo que necesitan por medio de sus frutos. El cauchero se pierde y es devorado por la selva, el llanero (a pesar de amar su papel) se encuentra obligado a perseguir y atrapar literalmente al ganado, condenados a una vida ruda y temeraria por la obstinación de su madre que no le deja todas las puertas abiertas.

Los medios de producción, en el caso de las novelas del canon (Doña Bárbara, Don Segundo Sombra y La vorágine: la ganadería o la industria cauchera) juegan una parte muy importante en el modo de vida y suerte de los pueblos. Los económicos son parte de los factores que orquesta la tierra para controlar al hombre. Así como la economía, la forma de gobierno y todos los aspectos de la cultura se muestran afectados por el destino que dicte la geografía.

Incluso en los aspectos políticos, donde unas pocas ciudades marcan la pauta legal de naciones enteras, la violencia de la tierra se impone sobre la convivencia civilizadora que las constituciones recomiendan. Doña Bárbara es un ejemplo vivo (en el sentido de ser un personaje de carne y hueso) de la situación: ella, Doña Bárbara, es la representación de la fuerza indomable de la naturaleza, pues la ley de llano, no es otra cosa que un parapeto extensión de sus recursos que se amolda a sus caprichos sin consultar legisladores de Caracas o lugar alguno.

América Latina por eso una identidad cultural, por eso se ve condenada a la búsqueda del origen, o lo que es igual, a imaginarla[4]. La literatura regionalista tiene como una de sus finalidades principales, el perfilar una identidad. Sin embargo, es importante destacar el público a los que estas novelas iban dirigidas: la literatura de la llanura no es leída por los llaneros, sino por la gente culta de las ciudades. Mediante la naturaleza y su reflejo en los hombres, se busca denunciar y remediar los males de la sociedad; por medio de la estimulación literaria, forjar un perfil y llegar a él por medio de la tierra y la representación de costumbres locales e influencias europeas, ya que los personajes dentro de las novelas no enfrentaban conflictos de identidad, ni mucho menos existencialistas: cada uno tiene un papel muy específico, que debe personificar para dar una clara y esquemática representación de la sociedad.

El realismo es una de las principales características de la novela regionalista, logra, con sus descripciones, plasmar la realidad tal cual es y que el lector experimente de una manera estrecha la vivencia de las diferentes situaciones que se tratan de un modo personal antes que histórico.

No será extraño que en algún pasaje de Doña Bárbara, por ejemplo, el lector hispanoamericano más que identificado se sienta conmovido; probablemente el autor consiga evocarle experiencias de la infancia o historias semejantes a las leídas que provoquen un sentimiento de complicidad entre ambos.

Así, leer una novela de este tipo podría ser equivalente a esas tardes que cada vez menos niños o adolescentes pasan escuchando historias narradas por sus abuelos, que a su vez fueron relatadas por los abuelos de éstos, y así sucesivamente.

En el caso del lector no hispanoamericano, quizá la experiencia sea otra, aunque no es difícil que logre identificarse con algún personaje, es posible que la historia (paisajes, barbarie, etcétera) le sorprenda tanto que resulte imposible abandonar la lectura.

Uno de los objetivos principales del Regionalismo es la “creación” de una verdadera identidad hispanoamericana. Los regionalistas implantaron el criterio de lo rural como definición de la cultura nacional. Aquellas selvas, pampas y llanuras ricas en flora y fauna tan desconocidas en Europa, fueron adoptadas como símbolos pertenecientes a una tierra fresca y completamente nueva. La lucha por conservar la tierra donde se nació, esa relación amor-odio con las fuerzas de la naturaleza, leyendas, mitos, etcétera Todas estas cuestiones servían como estandarte de “la nueva patria”.

Es evidente que tanto Rómulo Gallegos, Eustacio Rivera y Ricardo Güiraldes, sintieron en su momento una necesidad de personificar en sus obras, las angustias y percepciones de las circunstancias de todas esas regiones: el rezago de las etnias, la escasa educación fuera de las ciudades, la explotación cauchera, los abusos por parte de los extranjeros, el arraigo a la tierra donde se vive. Esta búsqueda de identidad es similar al criollismo novohispano en nuestro país, porque las nuevas mezclas raciales originaron otra cultura todavía más nueva, con distintas tradiciones y preceptos, producto de una fusión sincrética (viejo mundo-nuevo mundo) de voces e historias, que las clases más cultas se encargaron de registrar, tanto en obras de arte como en ideales políticos y económicos.

Fuentes bibliográficas:

ANDERSON IMBERT, ENRIQUE, Historia de la literatura hispanoamericana, Fondo de Cultura Económica, México, 1957.

OSORIO, LUIS ENRIQUE, “Lectura de Doña Bárbara: una nueva dimensión de lo regional” en Doña Bárbara ante la crítica, en Biblioteca Cervantes Virtual.

SÁNCHEZ, LUIS ALBERTO, “La novela regional” en Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, Gredos, Madrid, 1976, p. 262-312.

Fuentes hemerográficas:

SINGER, DEBORAH, “Configuración de las relaciones de género en la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos”, Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica, Vol. XXIX, junio 2005.

VARONA, ARNOLDO, “Rómulo Gallegos: México y Cuba, dos novelas”, en Revista Letralia, Tierra de Letras, n. 32, septiembre de 1997.



[1] Luis Alberto Sánchez, Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, Gredos, Madrid, 1976.

[2] Ignacio Díaz Ruiz, Prólogo a Doña Bárbara, Porrúa, México 1975.

[3] Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, Cátedra, Madrid, 1997, p. 220.

[4] Octavio Paz, Los signos en rotación y otros ensayos, Alianza, Madrid, 1952, p. 152.