miércoles, 24 de junio de 2009

DETERMINISMO GEOGRÁFICO EN LA NOVELA REGIONALISTA HISPANOAMERICANA



La cultura, en sus aspectos históricos, económicos, políticos, sociales y religiosos, nos ayuda a la comprensión de cierto episodio de la literatura hispanoamericana: la novela regionalista.

¿Qué entendemos por esta denominación? Una pregunta breve, concisa y sin embargo problemática. Se ha dicho que la novela regional es, fundamentalmente, aquella que se identifica plenamente por el paisaje[1], en el caso de Hispanoamérica, ésta vuelve los ojos hacia el pasado indígena y hacia su elocuente geografía[2].

Esta cuestión, qué es la novela regionalista, generaliza un fenómeno demasiado complejo como para hacer aseveraciones simples, empero existen los elementos suficientes para explicarlo.

Dentro de los factores mencionados anteriormente, uno de los esenciales en la novela regionalista es el geográfico, así como la importancia del paisaje y la lucha del poder. En la historia de la literatura hispanoamericana, se pretendía igualar los modelos europeos, es hasta la narrativa regionalista que se busca la construcción de una literatura esencialmente hispanoamericana. Por lo tanto, la tierra se volvió uno de los aspectos primordiales en esta narrativa.

En contraste con la idea europea de que el hombre es el que rige a la naturaleza, la novela regionalista propone que es la tierra la que moldea a los hombres que la habitan. El determinismo geográfico establece como una de sus ideas principales que el origen y raíces de un hombre lo acompañan a pesar de que desee modificar su forma de vida; sin importar a dónde dirija sus pasos su papel se seguirá desempeñando de la misma forma.

Como eje central de sus tesis, el determinismo entiende la relación entre las sociedades y su región como fundamental para la configuración de la identidad nacional, pero hasta qué punto lo nacional se encuentra arraigado en los límites geográficos (como lo uruguayo, lo cubano o lo mexicano) y qué tan reprochable puede ser el adjudicarse una patria fuera de estos no es una materia del todo clara.

La tendencia regionalista subraya lo diferente, lo que le es propio a cada pueblo por su singular combinación de elementos repartidos tan azarosamente como el paisaje en que se desenvuelven, es después que se configurará como mejor convenga a los intereses nacionales. Éste segundo momento tiene que ver con aquellos a los que se adjudica la pertenencia a la tierra y aquellos considerados extranjeros.

Soslayado a un contexto onírico, el componente indígena o primitivo muchas veces referido de manera peyorativa en el imaginario de la época (expresiones como: «aquellos aborígenes embrutecidos por sus costumbres arcaicas lo demuestran») es introducido subrepticiamente por medio del sueño o adjudicándosele un carácter mágico. Por ejemplo, en La vorágine, tenemos la presencia de Mapiripana, que equipara su modo de actuar con el de la selva misma: impredecible, encarnación de lo supersticioso y guiando a los hombres a su perdición. Al complicarse la relación entre hombre y tierra, el yugo pesa por sobre los primeros, sin embargo no dejan de sorprender las represalias de la madre tierra para con sus vástagos, influidas no pocas veces por axiomas demasiado humanos.

Cabe resaltar el establecimiento de roles masculinos y femeninos en el papel de la tierra dentro del determinismo geográfico. En las novelas regionales la tierra tiene género femenino, ya que es la madre de los que la habitan, sin embargo, no es madre en el sentido tradicional del término. Cariñosa, sumisa, protectora, características maternales que esta madre tierra americana no posee. Es cierto que los hombres dependen de la tierra, pero más que nutrirse de ella (función maternal: amamantar), la tierra ejerce gran dominio sobre ellos.

En la novela regional el poder está en las manos de los hombres y el sistema de dominación es patriarcal, sin embargo, al ser la tierra la que determina el comportamiento de los habitantes, es ella la primera figura de poder, por lo que el sistema primigenio en estas novelas es el matriarcado, la madre tierra es la que reina.

La imagen femenina y maternal que se le atribuye a la tierra es la idea de la fuerza, el poder y el control. Para conseguir estos objetivos la tierra es capaz de ser violenta y salvaje, además de que no hace sentir a los hombres seguros ni a salvo como suelen hacer las madres, no es una madre que perdone, sino que castiga; en este sentido, la tierra madre aquí tiende al rol masculino del padre. Para sintetizar esta idea baste la frase de Lorenzo Barquero «¡Esta tierra no perdona!»[3].

Dentro de la cosmogonía mesoamericana, la tierra ha jugado un papel de madre proveedora; los hombres del maíz vienen, se alimentan de la tierra; pensemos en el México prehispánico, cuya actividad primordial fue la agricultura, la provisión directa de la madre. En el momento de transportar esta idea a la llanura sudamericana, parece que la madre, esta vez dura y hostil se niega a mantener a los hombres bajo su protección total, dándoles todo lo que necesitan por medio de sus frutos. El cauchero se pierde y es devorado por la selva, el llanero (a pesar de amar su papel) se encuentra obligado a perseguir y atrapar literalmente al ganado, condenados a una vida ruda y temeraria por la obstinación de su madre que no le deja todas las puertas abiertas.

Los medios de producción, en el caso de las novelas del canon (Doña Bárbara, Don Segundo Sombra y La vorágine: la ganadería o la industria cauchera) juegan una parte muy importante en el modo de vida y suerte de los pueblos. Los económicos son parte de los factores que orquesta la tierra para controlar al hombre. Así como la economía, la forma de gobierno y todos los aspectos de la cultura se muestran afectados por el destino que dicte la geografía.

Incluso en los aspectos políticos, donde unas pocas ciudades marcan la pauta legal de naciones enteras, la violencia de la tierra se impone sobre la convivencia civilizadora que las constituciones recomiendan. Doña Bárbara es un ejemplo vivo (en el sentido de ser un personaje de carne y hueso) de la situación: ella, Doña Bárbara, es la representación de la fuerza indomable de la naturaleza, pues la ley de llano, no es otra cosa que un parapeto extensión de sus recursos que se amolda a sus caprichos sin consultar legisladores de Caracas o lugar alguno.

América Latina por eso una identidad cultural, por eso se ve condenada a la búsqueda del origen, o lo que es igual, a imaginarla[4]. La literatura regionalista tiene como una de sus finalidades principales, el perfilar una identidad. Sin embargo, es importante destacar el público a los que estas novelas iban dirigidas: la literatura de la llanura no es leída por los llaneros, sino por la gente culta de las ciudades. Mediante la naturaleza y su reflejo en los hombres, se busca denunciar y remediar los males de la sociedad; por medio de la estimulación literaria, forjar un perfil y llegar a él por medio de la tierra y la representación de costumbres locales e influencias europeas, ya que los personajes dentro de las novelas no enfrentaban conflictos de identidad, ni mucho menos existencialistas: cada uno tiene un papel muy específico, que debe personificar para dar una clara y esquemática representación de la sociedad.

El realismo es una de las principales características de la novela regionalista, logra, con sus descripciones, plasmar la realidad tal cual es y que el lector experimente de una manera estrecha la vivencia de las diferentes situaciones que se tratan de un modo personal antes que histórico.

No será extraño que en algún pasaje de Doña Bárbara, por ejemplo, el lector hispanoamericano más que identificado se sienta conmovido; probablemente el autor consiga evocarle experiencias de la infancia o historias semejantes a las leídas que provoquen un sentimiento de complicidad entre ambos.

Así, leer una novela de este tipo podría ser equivalente a esas tardes que cada vez menos niños o adolescentes pasan escuchando historias narradas por sus abuelos, que a su vez fueron relatadas por los abuelos de éstos, y así sucesivamente.

En el caso del lector no hispanoamericano, quizá la experiencia sea otra, aunque no es difícil que logre identificarse con algún personaje, es posible que la historia (paisajes, barbarie, etcétera) le sorprenda tanto que resulte imposible abandonar la lectura.

Uno de los objetivos principales del Regionalismo es la “creación” de una verdadera identidad hispanoamericana. Los regionalistas implantaron el criterio de lo rural como definición de la cultura nacional. Aquellas selvas, pampas y llanuras ricas en flora y fauna tan desconocidas en Europa, fueron adoptadas como símbolos pertenecientes a una tierra fresca y completamente nueva. La lucha por conservar la tierra donde se nació, esa relación amor-odio con las fuerzas de la naturaleza, leyendas, mitos, etcétera Todas estas cuestiones servían como estandarte de “la nueva patria”.

Es evidente que tanto Rómulo Gallegos, Eustacio Rivera y Ricardo Güiraldes, sintieron en su momento una necesidad de personificar en sus obras, las angustias y percepciones de las circunstancias de todas esas regiones: el rezago de las etnias, la escasa educación fuera de las ciudades, la explotación cauchera, los abusos por parte de los extranjeros, el arraigo a la tierra donde se vive. Esta búsqueda de identidad es similar al criollismo novohispano en nuestro país, porque las nuevas mezclas raciales originaron otra cultura todavía más nueva, con distintas tradiciones y preceptos, producto de una fusión sincrética (viejo mundo-nuevo mundo) de voces e historias, que las clases más cultas se encargaron de registrar, tanto en obras de arte como en ideales políticos y económicos.

Fuentes bibliográficas:

ANDERSON IMBERT, ENRIQUE, Historia de la literatura hispanoamericana, Fondo de Cultura Económica, México, 1957.

OSORIO, LUIS ENRIQUE, “Lectura de Doña Bárbara: una nueva dimensión de lo regional” en Doña Bárbara ante la crítica, en Biblioteca Cervantes Virtual.

SÁNCHEZ, LUIS ALBERTO, “La novela regional” en Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, Gredos, Madrid, 1976, p. 262-312.

Fuentes hemerográficas:

SINGER, DEBORAH, “Configuración de las relaciones de género en la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos”, Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica, Vol. XXIX, junio 2005.

VARONA, ARNOLDO, “Rómulo Gallegos: México y Cuba, dos novelas”, en Revista Letralia, Tierra de Letras, n. 32, septiembre de 1997.



[1] Luis Alberto Sánchez, Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, Gredos, Madrid, 1976.

[2] Ignacio Díaz Ruiz, Prólogo a Doña Bárbara, Porrúa, México 1975.

[3] Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, Cátedra, Madrid, 1997, p. 220.

[4] Octavio Paz, Los signos en rotación y otros ensayos, Alianza, Madrid, 1952, p. 152.

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