I don’t want to achieve immortality through my work.
I want to achieve it through not dying.
Allan Stewart Konigsberg
Se dice que en alguna ocasión, al ir Jorge Luis Borges por la calle, se le acercó un hombre a preguntarle si él era realmente Borges, a lo cual el hombre recibió una respuesta positiva. Entonces, con tono amable, Borges escuchó que el hombre pronunció: «quiero agradecerle algo, Borges». Borges preguntó qué. «Usted me ha hecho conocer a Robert Louis Stevenson».
Como habría de pensarse, no es necesario comprobar la veracidad de dicha anécdota con un rigor histórico; innumerables casos como ese se podrían (y debieron) haber repetido no sólo con Stevenson, sino también con De Quincey, Woolf, Browne, Spiller, Swedenborg, Burton, San Agustín, Eriugena, —y entre las más grandes obviedades— Shakespeare, Dante, Quevedo y muchos otros más.
Podríamos decir que toda la vida de Borges estuvo acompañada —así como la de cualquier persona que se jacte de las lecturas que ha hecho más que de las experiencias vividas— de un gran número de personajes con los que dialogó hasta el momento de su muerte. Estos, no se pueden considerar precisamente como personajes de ficción, sino como personajes de la historia: las míticas sombras de autores como Milton o Cervantes, que siempre estuvieron presentes en su conversación, en su pensamiento, en su obra. Como una persona que desde muy temprana edad se supo destinada para la literatura, nunca pudo librarse de tenerla como eje central de casi todos los aspectos de su vida. Su poesía, y —aún más— su ficción está plagada de interminables referencias a literaturas de casi todos los tiempos conocidos por el hombre; fácilmente se podría pensar que no es otra cosa que el producto de su encubierta pedantería y pretensión intelectual, más no es así. La obra de un hombre no es más que el irremediable reflejo de lo que es.
Así como se supo prefijado —digamos por las estrellas— para las letras y —digamos por la sangre— para la ceguera, nunca pudo escapar de su destino[1]. La literatura —todo aquello a lo que podamos llamar así— ha ofrecido una evasión alterna a la realidad de los hombres desde tiempos inmemorables; ya no pensemos si ese hombre es Jorge Luis Borges. ¿Qué le queda a un hombre en la obscuridad, sino las palabras? No es que Borges haya tenido realmente una vida miserable y sin afecto en lo absoluto; su madre —Leonor— y su hermana —Norah— lo acompañaron y ayudaron a lo largo de su vida. Es comprensible que no se trata exactamente de un escape —una ayuda— al martirio de las actividades cotidianas para un ciego, sino de la pérdida del mundo que se apaga lentamente con el devenir de los años.
Ciego se vio orillado —o más bien, formalmente justificado— a explorar el mundo, tanto moderno como antiguo, exclusivamente a través de las lecturas; vivió parte de su vida en territorios míticos como la India, Grecia, Persia, China o Escandinavia sin tener que moverse en términos concretamente geográficos[2]. Borges, poseedor de una aguda sensibilidad y un vasto repertorio de lecturas, siempre supo encontrar puntos clave para la literatura —ya la vida— no sólo de naturaleza académica sino principalmente estética. Esa dicha inmensa, consuelo para la existencia, que le proporcionaban los libros fue un don que siempre se afanó por compartir.
Ese es uno de los aspectos más entrañables de Borges, su obra de divulgación. Cuando pensamos en obra de divulgación, seguramente nos vienen a la mente nombres como el de Asimov, cuya monstruosa —en clara referencia al tamaño— obra se limita válida y decorosamente a plantear (mostrar) y difundir hechos (información) a las masas que de otra manera les hubiera sido improbable conocer. Las conferencias de Borges no se circunscriben a la mera y escueta divulgación literaria —el término literaria se queda corto, pues los temas abarcados iban más allá de las letras—, son un claro esfuerzo por mostrar aquello que un hombre —y no otra cosa más que un hombre— había encontrado entre los interminables pasajes que recorrió durante su vida. Podemos concebir el Coliseo de Buenos Aires y el ciclo de siete conferencias —el más extenso que llegó a ofrecer— que ahí dio en 1977, ahora compiladas en el volumen Siete noches: “La Comedia”, “La pesadilla”, “Las mil y una noches”, “El budismo”, “La poesía”, “La cábala” y “La ceguera”. Pareciera que los temas no se encuentras más que medianamente conectados entre sí, pero la verdad es que los unos con los otros poseen una cohesión increíble; en todos habla de un mismo tema y ese tema es la ventura y felicidad que él ha encontrado en los libros. Eso, más que cualquier cita obscura o noción metafísica, es lo que a Borges le interesó difundir. Quiso que los de más pudieran ver aquello que él, a pesar de su ceguera, pudo ver: «La ceguera no ha sido para mí una desdicha total, no se la debe ver de un modo patético. Debe verse como un modo de vida: es uno de los estilos de vida del hombre».
Borges siempre imaginó el Paraíso[3] «bajo la especie de una biblioteca», y aquello que él había encontrado ahí, es lo que quiere compartir. Según Marilen Stengel, los dos temas que sobresalen de “El Aleph” (El Aleph, 1949) son: «La infinitud del infinito, presentado en la enumeración de las cosas que Borges ve en el Aleph» y «La idea de que no tiene sentido transmitir una experiencia que no sea compartida». Borges se quedaba nada para sí, o al menos eso intentaba. Él pensaba que las cosas suceden por una razón, y su ceguera era parte del camino que le tocaba recorrer[4], y por eso su tarea era mostrar —no necesariamente a los ciegos como él— las cosas que no se pueden ver con los ojos. Borges recitaba el verso de Shakespeare «Mirando lo obscuridad que ven los ciegos»[5] refutando a la negrura como sinónimo de obscuridad. Hume decía que todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos géneros distintos, a los que llamaba impresiones e ideas; en la conferencia sobre la ceguera Borges dijo que «el mundo de los ciegos no es la noche que la gente supone», existen allí —en la noche— muchos asuntos que sabía eran esenciales incluso para los que nunca los consideraron.
Aquellos muertos con los que dialogaba, los que lo acompañaron toda la vida, deseaba dejarlos como herencia a sus lectores. Se regocijaba al recordar al joven que le agradeció por Steveson, y porque gracias a jóvenes como aquel, Stevenson y muchos otros más muertos seguirían vivos. Como a todos los hombres, a Borges le interesaba no morir, perdurar y unirse a esa legión de muertos que acompañarían a nuevas generaciones; Borges al hablar de los demás, habla de sí; al hablar de sí, habla de todos los hombres. «Yo vivo en ese mundo de colores y quiero contar, ante todo, que si he hablado de mi modesta ceguera personal, lo hice porque no es esa ceguera perfecta en que piensa la gente»
No podríamos decir que fama o inmortalidad (física) eran realmente los anhelos de Borges, sino alcanzar —al menos un poco— ese estatus de perdurabilidad como un bien para la humanidad (considerándola como un puñado de lectores), no mediante el polvo que fue, ni las letras que dictó. La naturaleza de esta condición se escondía en las palabras de los demás, en el recuerdo de la gente a la que sus palabras fueron útiles; una vez dijo en referencia a un poema de Tennyson que «el alma no desea descansar en un Cielo de oro, sino en el trabajo de proseguir y no morirse[6]»
[1] Siempre dijo que Dios, irónicamente, le mandó la ceguera junto con la dirección de la Biblioteca Nacional.
[2] Es curioso leer cómo se empeñaba en refutar el movimiento como Zenón de Elea.
[3] Imposible no pensar en Paradise Lost de Milton, una de sus lecturas esenciales.
[4] «Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y el de la mitología tibetana) es terrorífico por ser irreal, es terrorífico porque es irreversible...» (Otras Inquisiciones, 1952)
[5] «Looking on darkness which the blind do see»
[6] En diálogo: edición definitiva (2005), con Osvaldo Ferrari.
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